Yo fui creciendo y desarrollé algunas cosas que me hubiera gustado compartir con abuela, pero ella se abstuvo. Cuando ingresé al coro de la escuela, y pude «lucirme» en un acto, no fue a verme. Cuando di mis primeros conciertos de piano, ahí a nivel conservatorio, tampoco asistió. Y cuando, increíblemente hasta para mí, en menos de un año, fui capaz de estar en una orquesta de cámara ejecutando el chelo, y en un concierto de onda municipal, tampoco fue suficiente para arrancarle de su antisocialismo. Ya te digo, tenía su carácter. No fingía, no retrocedía. La gente le valía madre.
Pasó más tiempo, más tiempo pasó. Terminé el colegio a los 16, y durante esas vacaciones me preparé, solo, para ingresar a la universidad, a la nacional, por supuesto. John conmigo, de cajón. No faltaron borracheras, como la vez que volvimos quemados, y que abuela pagó el taxi, yo desmayado, el pobre John arrastrándome hasta mi cama y asumiendo las culpas del caso. Acordate que yo era el favorito y, en esos casos, toda la responsabilidad era de John. «¡John, cómo permitiste que tu primo…!» John es con código, sabé eso. Más de una vez puso el pecho ante la bala.
Justo en esas vacaciones vino el golpe de Estado. Yo estaba dormido, cansado al mango de laburo y estudio, y abuela me despierta «Silvito, Silvito, hay golpe». Yo me dije, «capotó la vieja». Pero me levanto, y la cosa estaba fea. Sonaban las metrallas, el suelo retumbaba, acordate que la casa estaba cerca de la bahía, en el centro. Y cerca del batallón escolta, de la casa presidencial. Salimos a la calle, los autos bajaban Brasil en contramano, subían Ana Díaz también en contramano, un quilombo. Abuela y yo en el jardín, mirando el lío. Abuela totalmente tranquila, yo medio cagado.
Cuando ingresé a la universidad de Economía tenía 17 pirulos, y 3 años de antigüedad en la banca. Comencé en la banca a los 14 años, sirviendo café, sirviendo. Cuando tenía 19 años, ya tenía gente que me sirva café, y que me prepare el tereré, cosa más importante, mucho más importante. Antes de recibirme de economista ya firmé un cheque por 1 millón de dólares, y a favor del Banco Central (está en sus registros), ya era parte de mí mover millones de dólares. Y tomar mate con mi abuela, al empezar el día, seguía siendo un ritual, íntimo, sagrado.
Verás, nadie entiende, realmente, lo que no vive. Como te dije, Cortázar escribió «Tú lo imaginas, yo lo vivo». Yo estaba camino a ser Economista, era estudiante, y era corredor de cambios, el más joven del mercado (por supuesto, el mejor), cuando un repartidor de garrafas de gas con su camioneta embistió a mi abuela, frente a casa, y nos la mató ahí. Mamá la subió al auto, papá condujo hasta el San Benigno, que quedaba a la vuelta. Abuela estaba más que muerta. Yo llegué al rato. Mamá, algo enajenada, me dijo «tu abuela está bien, va a salir enseguida».
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