Había un punto en el patio, hacia al fondo, en donde las ramas del aguacate macho se entrelazaban con las ramas de un mango, formando un puente medio surreal. Debajo de ese puente, comprenderás, siempre había sombra durante el día, todo el año, y, durante las noches, era el lugar más fresco. Abuela tenía su sillón, propio, particular, y cada noche se sentaba ahí a beber una cerveza. Yo, a su lado, en mi sillita particular, le hacía compañía. Ella me invitaba su cerveza, diciéndome que tome «fondo blanco», es decir, me dejaba beber la espuma que se formaba al servirse.
De este ritual nocturno no participaba nadie más, ni sus hijos, y tampoco mi hermana. La razón no la sé, pero, como te dije, abuela tenía un carácter horrible, aparte que claro, todos habrán tenido sus cosas que hacer, supongo. De todos modos, yo la pasaba bien con ella, y ahí, de noche y en el patio, charlábamos un rato antes de ir a dormir. En lo diurno, el ritual era el mate. Igual, tenía su pava, su matero, suyos propios. También éramos solos los dos con el tema del mate, y esto era al comenzar el día, tempranito de mañana.
Un último detalle, a mí nunca me gustó la leche, never. Puede que porque mamá no me dio de mamar (sí, esto con lo del fondo blanco explicaría mi alcoholismo, dirás), o qué se yo por qué, pero el asunto es que nunca me gustó. Ni siquiera me gusta el café con leche, el cortado, ni cosas similares. Sin embargo, abuela me preparaba café con leche, y ese sí me gustaba, y lo bebía feliz como desayuno y como merienda. Porque esto sí tenés que saber, abuela cocinaba como los dioses. Solo tía Mary, de repente, le podía llegar a empatar.
Bien, el tiempo fue pasando, y abuela y yo nos fuimos topetando. Lindo carácter había sido teníamos los dos. Ansina, abuela era machista, y para niquelar el chasis, era racista. Se pasó espantando compañeros de escuela primero, de colegio después. Amigas, ni qué decir; novias, olvidate. Sólo fueron «toleradas» las blancas; «negritas», ni tocar el timbre, que salía la fiera. Una que me pasaba por 15 años, y que tenía tres hijos, le cayó bien. Y es que era rubia, de rizos, ojos claros, alta y hermosísima. Pero convengamos, abuela era un sistema de filtro, a su modo cumplía su papel.
Mis amigos… se convirtieron en alacranes. Seis, sólo son seis, incluyendo a mi hermana y a mi primo hermano, son los que sobrevivieron a mi abuela, a sus maltratos abiertos, frontales y directos. Mis alacranes, como que le tenían miedo a mi abuela, o por lo menos un gran respeto, primero por lo hija de puta que era, segundo por cómo me quería, y tercero por cómo yo le quería a ella. Fijate qué tan dura y recia era abuela que no recuerdo que me haya acariciado nunca, pero cuánto siento todavía su afecto, cuánto respiro todavía sus olores, su cercanía.
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La abuela Tita, cocinaba como una Diosa, si, es cierto, nadie la superó, ni mi madre tu tía Mary…, todos la recordamos como una mujer de férreos principios y yo en particular la extraño cada vez que veo la cerveza espumar…, abrazo en la distancia hermano.
Tal cual, hermano querido. Nunca más volví a tomar un café con leche, never. Y hasta ahora sigo intentando encontrar alguna milanesa parecida con la pireca esa que conseguía ella. Quien sabe… a lo mejor termino cocinando yo.
¡Abrazo, comandante!
Una señora peculiar che. Creo que casi todas las señoras de esa generación eran racistas y machistas, bueno, si sus hijas aún lo son en muchos casos.
Me ha gustado conocer esta parte de ti. Me da algo de envidia, no tuve yo algo parecido con ninguno de mis abuelos, tuve otras circunstancias. Ahora me gusta ver que mi hijo se lleva muy pero muy bien con mi padre y con su abuela materna.
También eran personas que no acariciaban.
Qué edad tenías cuando murió.
Te abrazo che.
Querido Gildardo,
Como bien decís, la cosa pasa por lo cultural, no era cuestión de una casa, o de un barrio. Y seguimos en esa porque no hay un proyecto serio de mejorar la cuestión.
Tenía unos 20 pirulos cuando pasó.
Un abrazo, man.