A veces sólo se trata de escribir bajo presión, esto es cuando el silencio puede quebrarse, cuando alguien está por llegar, o cuando estás esperando que alguien llame. La concentración, claro está, no puede darse. El juego consiste entonces en escribir cualquier cosa antes que la interrupción se concrete, y en la medida en que ese cualquier cosa se anota estar atento a la repentina aparición de una frase o una idea que quizá valga la pena. No siempre me divierte, pero estar esperando con el monitor encendido invita a quemar los minutos que faltan aunque no sea más que garabateando.
De manera que observo lo que tengo alrededor, una tarjeta de invitación, un disco de Radiohead que no entiendo bien, algunas cuentas y un libro de Paul Watzlawick. No inspiran a nada aparentemente, pero esconden una idea que quiero descubrir.
Por ejemplo detrás de esa tarjeta de invitación se entrevé la noche en compañía, perfumes intensos que no conozco, esa manera de asumir preparativos, y por supuesto las posibilidades más o menos ciertas de aquella ilusión de amor de Ingenieros.
Así es como te pienso y te imagino,
Adivinando tu piel en plena noche,
La cita que inventamos sin saber
Lo que detrás de los perfumes habita.
Pero entonces, justo aquí ocurre, suena el teléfono o llaman a la puerta, no hay nada que pueda hacerse, pero al menos los minutos fueron quemados, ese horrible interregno entre lo que no es y está por ser se extingue, poblándose de algo más que mirar sin ver. Además, realmente estaba esperando esta llamada.
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