Diario 6
Hoy, sin mí,
Me duelen los recuerdos
Que perdí por ti
Buscando en otro sueño
El que sentí en ti
La consumación de los tiempos, el hecho de pertenecer o no a un punto ininterrumpible, como la caída de una hoja, predestinada, pero así mismo imprevista. La ignorancia convertida en magia, por ignorancia misma.
Sin embargo, a la hora de las económicas necesidades, no son las cosas las que necesitan ser nombradas, sino que siempre es uno, o más bien alguien, quien necesita de nombrarlas, poniéndole su sello, su marca propia, que luego irá expandiéndose a otros alguien, volviendo común lo que alguna vez fue particular, y a esto le pondrán el nombre de condición gregaria. Y esto lo digo, y al hacerlo me contradigo, pues caigo en la regla que defino, pero me defiendo porque no he salido de una simple descripción, que ya es mucho, como todo, y como la nada misma, si tan solo se mira, bien o mal, correcta o incorrectamente.
Dentro de la cueva cae la lluvia y parecen aplausos, y dentro del auditorio al revés, los aplausos asemejándose a la lluvia, es decir, sustantivos que significando cosas diferentes –por lo tanto distanciadas–, vencen su desemejanza en la mente de quien concibe la comparación y la reduce a una herramienta literaria que se llama metáfora, símil, etcétera. Y aún así, en este Cortaziano intento de torcerle el cuello a la palabra, es quien escribe quien solo lucha, con sed de victoria, y a veces, hay que decirlo de otros, también con sed de aplausos al vencedor.
Alguna vez te preguntarán si qué llevarías a una isla para pasar el resto de tu vida, y responderías, con mayor o menor certeza, qué libro y qué disco. Y quizá alguien te pregunte si a quién llevarías, y puede que sepas qué responder. Y aunque todavía ignores que ya estás en esa isla, y que ya tienes si no lo que quieres llevar, al menos el deseo de hacerlo, también llegará el tiempo en el que nadie habrá de preguntarte si cuál es la visión que quieras tener, sino que la pregunta será respecto de si para quien quieres ser una. Si el resto del tiempo sólo una persona habrá de verte, ¿quién querrías que sea? Muy diferente a preguntarse si a quién querrías ver por el resto de lo que te queda, ¿verdad? Y siendo diferente, ¿sabría tu mente salvar la distancia y vencerla, como el que escuchando la lluvia piensa en aplausos y viceversa?
Cuando pensar en una persona implica pensar en las personas en las que piensa esa persona, y cuando esa persona son varias personas que piensan en también varias personas se puede llegar a creer que uno piensa. Y después, cuando uno se descubre pensando que puede ser que no se sea objeto de pensamiento de nadie, también encuentra que siendo objeto de pensamiento ajeno, ese pensamiento puede ser completamente ofensivo, o, al menos insultante, a menos que…
De todos modos está el detalle de que jamás ofendería lo que pienses de nadie, aunque sí podría ofender la expresión de ese pensamiento. Y la expresión no se reduce a una pintura, una carta, o un silencio, sino que abarca desde el ceño fruncido, pasando por el brillo de los ojos, y extendiéndose hasta el gesto despectivo o aprensivo en que sujetas el recipiente que contiene el líquido que habrá de beber –de exquisita o execrable gana– la persona a quién se lo tiendes, hasta la forma que caminas cuando dejas atrás a ese alguien que posiblemente puede ser que te piense.
¿Alguna vez has imaginado involucrarte de tal modo en una lucha que para que le admires al vencedor tendría este que primero pasar por demasiadas «injusticias»? ¿O que para despreciar al derrotado este tendría que primero realizar demasiadas incorrecciones en la campaña? ¿No juegan dentro de ti también ideologías varias respecto de la justificación de lo justo? No sé si te animarías a vivir de un modo que implica la caída de la filosofía y la genética, en donde pienses lo que pienses, no hay justo uno solo, como está escrito en la Biblia. Digas o no que te animas, ya lo has hecho, porque así es, y así ha sido. La pregunta es, sabiendo todo esto, ¿harías algo para cambiarlo? Y si la respuesta es afirmativa, ¿para qué lo harías?
Mira bien la cara del vencedor, y mira bien la cara del vencido, ¿es acaso justo? Pero no te aflijas demasiado, cada cual encontrará sus justificaciones, tu propio ser las encontrará.
Cuando hacía sombra cambiabas
Y el temor engordaba a los costados
Y en la noche del mediodía, sin temblores
Apretaba los puños para sentirme bien.

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