Sujetábamos al niño por sus extremidades con lazos de cuero sobre el altar de sacrificios. Una vez comprendía que no lo íbamos a matar, sino sólo a hacerlo sufrir, se presentaba el sumo sacerdote con la hoja de obsidiana, la cual hendía en los muslos del niño para hacer brotar su sangre que era recogida en copas de ónice para ser bebida por los feligreses.
A cada sorbo sentíamos como nos entraba la desesperación de la injusticia, la extrema tensión de la impotencia, el supremo asco de los días vividos, y el gigantesco fracaso de tener que seguir viviendo el tiempo que quede sumergidos en un horrendo lodazal de arrepentimiento.
Habiendo comprendido que el modo tradicional fallaba, buscamos uno diferente, que no pudiendo vencer al mal con el bien, debíamos hacernos malos para atraernos el castigo divino, solo que no resultaba, y que como siempre, podría tratarse o no de tiempo. Como señala la historia, la carencia de resultados inmediatos genera presión merced a las siempre eficaces mordeduras de la duda, que en cierto nivel, infectan más que las de la codicia.
Pero ahora es así, o quizá ya fue, y es real, o quizá inventado, es difícil saberlo. Puede que haya hombres y mujeres de blanco intentando cosas, puede que hombres y mujeres denominados «parientes del paciente» estén lamiendo su propia poquedad en un pasillo atestado de representantes de una especie que por no intentarlo todo, todo el tiempo, tiene que al final de los extremos de sus vivencias pedir por un milagro, en lugar de hacer de cada instante de sus momentos un esfuerzo que cruce la eterna línea de lo heredado, de lo aprendido, de los ejemplos rotos, de la historia impersonal de todos los que se rodean a sí mismos de poquedades.
Tiembla el piso, los cortinados son sacudidos, y en la menospreciada mediocridad de los ancestros se enciende la llama vital de la imposibilidad de cambio. Grita el niño sobre el altar, y todos los cánticos rezan a su modo que nada podrá cambiar jamás. Fluye el espanto, ruge el intento de ahogar los estertores de la ignorancia, se cubren las paredes con las palabras más hermosas que llenan todas las constituciones de todas las repúblicas, y fulgen todas las divisas de todos los escudos monárquicos, y las banderas flamean, y ocurre la votación, y se da el plebiscito, y en lugar del sol, lo que queda es una luciérnaga tullida.
Después de la sangre, el vino. Las uvas agrias de la sobrevivencia, los rasgos fijos que la miseria va sellando en nuestros semblantes. Volviendo a cada una de nuestras horas una apuesta maldita de final imposible. Mientras van quitando al niño, para sanarle las heridas, y para entregárselo a sus padres, quienes noblemente lo entregaron al necesario suplicio a una edad en la que pocos tienen el privilegio de presenciar desde dentro el profundo asco del mundo hasta perder la razón y luego recuperarla siguiendo en él, y poder entonces, así, tentar forjar y ser capaz de sostener y lanzar su propio arpón, ya al cielo, ya al infierno, con los pies firmes en el bote hecho de maderos, sangre e ilusión, que sólo puede ser construido en las barracas.

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