No hace falta partir de lo sencillo
o de lo complicado de un epígrafe,
de las varias palabras que se juzgan
de pleno bajo el polvo del que escribe.
No hace falta partir de cualquier forma
que cálida o doliente nos bautice
en el respiro ajeno, acto real,
en donde los infiernos se condicen
con el mismo vigor de opuestos cielos
fundidos en aliento que despide
en forma de promesa o de estructura,
y que con precisión, al que ara exigen
sopese lo tomado de otras sangres
hasta lograr el arte, nunca el crimen.
Están los juegos ciertos, los feroces
aquellos que provienen de ser únicos,
y que buscan marcarlo muy inútilmente,
como si igual a una ola otra hubo.
Porque lo comunal es despreciar
hasta contestar todo como eunucos,
mientras no se conoce del propósito
todo es aparentar ser recios, rudos,
siendo que valorar cada latido
implica tanto esfuerzo, que un Tartufo
no habría de lograrlo sin mentirse,
pues ahí el otro crece no cual yugo
sino como pizarra que rutila
lecciones para sabios y sus búhos,
para que nunca pese la grandeza
ni se olvide lo breve del embrujo,
aprendiendo del todo y de la nada,
asumiendo a los alfas y a los nulos
a todas las mujeres y sus dioses,
como se acepta el aire y a este mundo
convertidos en marco que no aísla
más que parte del drama, grito, humo
que empezó en lo que llaman temporal
y persiste en la mente de los unos
como una astilla hendida en la epidermis,
doliendo más que un golpe con los puños
que por no desterrarse en su momento
devuelve el lastimar desde el escupo
toda aquella inacción del soportante
por no haber atendido lo que oscuro
comenzaba a danzar sus propias sombras
por mirar y no ver, tal cual los usos.
Porque el cómo iniciamos nos señala
la tendencia de ruta hacia el destino,
a menos que logremos dar los saltos
entre cada derribo y cada arribo,
entre lo que expresamos en silencio
y todos los colores que decimos,
haciendo que refulja la pureza
por encima de normas de borricos,
reflejando en los actos la otra ley,
la que no fue leída por mendigos
sí vivida por altos destacados,
que en ella no encontraron lo vivido
en el cansancio crudo y agobiante
sino el consuelo calmo, firme y fino.

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