Finalmente había llegado a sexto grado, y había llegado bien. En el fútbol, si quería, era yo el que armaba el equipo; si no quería, y normalmente no quería, dejaba que me elijan, y me elegían de primero, y no hacían faltan indicaciones para que yo vaya de delantero, eso estaba cantado. En las camorras, parecido, con tantos años dando y recibiendo puñetes con iguales y mayores estaba clara la cosa de que mejor no meterse conmigo, y que así estábamos mejor todos. De manera que ese año el patio era nuestro, y se sentía bien ejercer la autoridad sin discusiones.
Aunque mi viejo me enseñó desde temprano a descreer de las fechas -le daba igual el cumpleaños de la tía fulana o Navidad-, yo sentía que como era el último año alguna cosa especial ocurriría. Y no, no me equivoqué, ocurrió. Y fue justamente con Edgar, el único rival que me podía hacer frente en el polibandi, porque era rápido, ágil y aguerrido. Ese día lloviznaba suave y hacía frío, y se dio en el sorteo que yo iba de bandido y Edgar de policía. Listo, fue como un torneo en donde se sabe quiénes van a llegar a la final.
Me exigió igual que le exigí, hasta que quedé como último liberto, y con el cuerpo avisándome que faltaba poco para que suene el timbre. Me acorraló -yo le dejé pensar que me acorraló- contra el murallón de las aulas y fue entonces el amague crucial. También él habrá sentido la presión del tiempo que se acaba, también habrá querido la victoria definitiva, y habrá sido por eso que se jugó y se tiró a por mí. Pero en un giro safé, limpio, y Edgar se estrelló contra el murallón de frente, literal. Se rompió la frente y sangró y todo.
Obviamente al llegar a la cárcel simplemente me arrojé por encima de los policías custodios y liberé a los otros bandidos, justo cuando sonaba el timbre. La partida soñada, y todavía con llovizna. Sí, entre todos los bandidos lo celebramos como locos, por supuesto, pero lo lindo fue cuando después nos reímos con Edgard, que volvió de la secretaría con gasa y curitas en la frente con una pinta de soldado herido que nos dio envidia a todos los varones, sobre todo cuando las niñas comenzaron a agitar sus alas y a exclamar y a exclamar el «¿pero qué te pasó?«.
Ese año, en el día de la graduación, si se puede llamar así, fuimos todos a una heladería, ahí a unas cuadras de la escuela. Los más disfrutaron del helado, yo disfruté del ir por las calles. No estoy seguro, pero creo que fue la primera vez en la que, justamente, me sentí distinto. Vi a mis compañeros y compañeras reír y pasarla bien, contentos ellos, sí, contentos. Pero yo no estaba contento, ni me reía con y como ellos. No sé, de repente jugar me era más festivo que sentarme a tomar un helado. Menos mal que lo de Edgar.
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