Aunque no éramos muchos, sí que hacíamos ruido. Estaban Sarah, Nam, Xavi, Elién (la amiga de Sarah, nuestra vecina), Lili (que había venido a vivir con nosotros) y yo. El grupo era parejo, sin notables diferencias de edad, y como nadie era pichado normalmente la pasábamos bomba. El juego por excelencia era el tuca’ê escondido, que le metíamos en la calle, en donde la columna que estaba en la vereda de casa hacía de tambo. Sin dudas, un juego que le podía competir al polibandi, pero claro, tan sólo jugando en la calle, y con competidores de nivel, nada de rezagados.
Las pocas veces que me quedé en el tambo fue porque salí 19 en la partida, pero a la primera ronda ya lo dejaba. Metidos en el juego, la cuenta iba hasta 20, que son menos de veinte segundos, así que desde ese arranque se ponía buena la cosa porque implicaba velocidad, cosa que me encantaba. Tenía marcados varios escondites, y trataba no sólo de que el quedaba en el tambo no lo pille, sino que tampoco los otros jugadores porque claro, en la siguiente cualquiera de ellos podía ser el buscador y correría con ventaja. Sobre el final mismo definía.
Uno que me gustaba era el garaje de “la casa de los argentinos”, como a veinte metros del tambo, que tenía una elevación como de metro y medio, que permitía mirar la vereda como también al buscador cuando se acercaba. Cuando el buscador estaba a unos pasos, yo salía disparado cuidando de no llevármelo por delante, de manera que al segundo ya estaba a dos metros de él y acelerando. Imposible ganarle a eso. El otro, y que fue cruzar un límite, fue llegar hasta la esquina. Misma técnica, pero requería más paciencia, y mucho más pique, aunque era la gloria.
El segundo límite dejado atrás fue cuando decidí dar la vuelta a la manzana. Justo esa vez Nam fue hasta la esquina, y avanzando de espaldas, como esperando que yo salga corriendo y estar en posición de darme pelea en la corrida. No me olvido de su cara de sorpresa cuando me vio corriendo a todo lo que daba el motor pero desde la esquina opuesta. Ni qué decir la alegría de los otros chicos cuando al grito de “¡tambo libertado!” comenzaron a burlarse del pobre Nam. Esconderme detrás de la murallita de casa era impensable, por eso también me funcionó.
Lo mejor de todo no fue cuando di la vuelta a la manzana, sino cuando lo hice en la manzana de enfrente. Y no sólo eso, sino que esperé a que el semáforo se ponga en verde y, al doblar el 119 y subir la calle lo usé como escudo hasta la altura del tambo, en donde dejé pasar al micro para con unas pocas zancadas abrazar al poste mágico. Mi Dios, cruzar la calle y con autos en movimiento, aparte del tambo libertado, ¿cómo te puedo explicar eso? Sentí que era inalcanzable, que en ese juego era el mejor, invencible.
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