A veces recuerdo a algún tipo,
qué se yo, un general romano
algún poeta,
y simplemente me rompo
en un montón de piezas que en la mañana
nadie sino yo habrá de recoger y volver a armar.
Desde la resaca entonces palpitante,
y por tener cosas «más importantes que hacer»,
prefiero mantener en orden los días ajenos
antes que restaurar lo que fui,
y así
semana tras semana soy un poco peor
de lo peor o mejor que digan de mi estuche.
Imagino, algunas veces
que en la mañana, desnudos
somos dos juntando los pedazos
y que aparece la risa
como el roce de algún pedacito de piel,
que alguien más está en lo que yo.
No dura nada
es solo imaginación inútil,
pero tan contundente, tan brutal
que golpeo en el corazón de todos
buscando encontrar a ese mi semejante
que siento me lo esconden, de malos que son.
Y otra vez llego a mí
sin que se entienda ni se sienta
que yo toco la huella de tus ojos
sobre el reflejo del agua,
que vivo desesperaciones
por darte esperanzas,
que mi boca sin la tuya
no es más que el fracaso de Dios.
Del libro Tres meses.

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