Edith Piaf en New York
Finales de la Segunda Guerra Mundial: en 1944 Edith Piaf era un éxito totalmente indiscutible, una cantante que había triunfado no precisamente por sus amplios conocimientos técnicos musicales, como tampoco por su extraordinario registro vocal, sino por su estilo, una combinación de carácter, timbre vocal, y la capacidad de poder encarnar con plena autenticidad el alma de la canción realista que, en realidad, pertenecía más a los años 20 y 30, del ambiente parisino, y en la que los soldados y las prostitutas se constituían en los héroes de las letras interpretadas.
Estados Unidos: en 1947, por insistencia de la cantante, su productor le consigue un contrato para que actúe en Estados Unidos, un mercado completamente diferente al europeo. Los escenarios de New York, sus luces y su público, habituado al Jazz, es muy diferente a los escenarios de los cabarets de París y a su público, ya habituado a la canción realista y, acaso, a la canción de protesta que comenzaba a asomar. El resultado fue un fiasco
El milagro: cuando todo parecía perdido y la cantante debería volverse a casa, el crítico especializado Virgil Thompson escribe un artículo de dos columnas en uno de los principales periódicos de New York, alabando la calidad de la vocalista. El artículo termina con esta frase: «Si la dejamos marchar con este inmerecido fracaso, el público americano habrá dado pruebas de su ineptitud y de su estupidez». Es muy posible que Cliford Fischer, agente de Piaf en Estados Unidos haya tenido algo que ver, pero de ningún modo Thompson escribiría algo que no sintiera. Como sea, el resultado del artículo fue que Piaf terminó convirtiendo su fracaso en un éxito que la obligó a quedarse en Estados Unidos 4 meses.
Como ves, cuando hay calidad, la opinión de un experto puede cambiarlo todo.
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