Mira, en el fondo debieras ser capaz de agradecerme. Nadie antes que yo, y nadie mejor que yo te ha convertido en maestra, si lo sabes apreciar. ¿Quién, como yo, soportó la caída desde la cúspide de todos tus afectos –todo fue una pose– hasta el olvido prepotente con el que me gané una postergación perruna –aprendiz de esclavo–? ¿Quién sino yo asumió con una sonrisa de medio lado la sospecha, la intriga, la maledicencia, al tiempo que entrenaba el paquete de seis demonios hermanos bajo las órdenes de los dos hijos de mil putas ardiendo debajo de las cejas, amor?
Así que ahora, vivo, y casi despertando ¿cómo no agradecerme con toda el alma, las estrías, y las arrugas que te quedan en el espíritu húmedo, que ni siquiera me turbe por tu diáfana y predictible disociación de lo que siempre creíste era la realidad y que nunca quisiste leer de mis labios que no podía ser, que-no-podía-ser? ¿Cómo, dime cómo no agradecerme la devolución de tanta crueldad? ¿Cómo no venerarme esta grandeza de sacarte del aburrimiento nuevamente, aunque no por vía del placer, como en un principio, sino por su opuesto, que tan bien cultivaste?
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